Coordenadas Políticas

A cada quien su Rosario

A más de un año que fue a declarar y pensando que todo estaba bien, sin pensar que nada le podría pasar y solo estando en sus zapatos se podría saber lo que sentía Rosario Robles como para haber dado un giro de 180 grados con su posición respecto a la Estafa Maestra y ofrecerse a cantar, pero es absolutamente criticable que ahora quiera salvarse salpicando a sus cómplices.

 

Una regla no escrita entre las mafias es la oferta —o sea, no ser chivatón(a) —, y durante más de un año la había cumplido la exfuncionaria del gobierno de Enrique Peña Nieto, acusada de permitir el desvío de miles de millones de pesos del presupuesto federal hacia otras actividades.

 

Ahora —a través de su abogado—, Robles se queja de que fue abandonada política, moral y económicamente por sus exjefes, y que está dispuesta a declarar en contra de ellos, a cambio de que la puedan considerar como testigo colaborador y evadir la justicia.

 

Legalmente lo puede hacer, como lo hizo Emilio Lozoya, pero si algo la había diferenciado del exdirector de Pemex era, precisamente, que se había fajado las enaguas para afrontar con valor las consecuencias de sus actos.

 

Si bien no tendría por qué cubrir a quienes dice que fueron sus cómplices en el millonario desvío de recursos públicos, debería acusarlos, pero no para salvarse ella, sino para que todos los implicados paguen de la misma forma.

 

En más de una ocasión —incluso a través de una carta— Robles declaró que ella jamás delataría a nadie con tal de salvarse de la cárcel, y que la mantenían presa precisamente porque se había negado a colaborar con la Fiscalía General de la República.

 

¿Entonces, por qué cambió de opinión y decidió convertirse en chiva?

 

¿A poco ahora quiere declarar que alguien la obligó a validar el millonario desvío y ella, inocente, no sabía lo que hacía, y mucho menos que se trataba de un atraco a la nación?

 

Por supuesto que debe ser horrible estar en una cárcel, pero también es horrible no tener ni para comer mientras los funcionarios gubernamentales se hacen millonarios con el dinero de los ciudadanos honrados.

 

Si fue partícipe de tamaño fraude —que, de hecho, está aceptando al decidir denunciar a sus cómplices—, entonces está bien donde duerme y que se aguante, porque sabía de los riesgos que corría al cometer un delito de ese tamaño.

 

Se queja de que ni Peña Nieto ni Luis Videgaray le brindaron apoyo moral, político ni económico desde que fue detenida, y tiene razón. ¿Pero qué esperaba? ¿Que ambos regresaran al país y se crucificaran en el Zócalo para salvarla?

 

No es la primera vez que Rosario es relacionada con el desvío de recursos, pues cuando fue jefa de Gobierno sustituta en el Gobierno del Distrito Federal fue acusada de hacer un cochinito con un publicista para pagar por adelantado sus futuras campañas políticas.

 

Y después, cuando fue presidenta nacional del PRD, fue destituida entre acusaciones de malos manejos presupuestales y de haber metido al partido al empresario Carlos Ahumada, apresado después por diversos delitos.

 

Ni la maestra Elba Esther se atrevió a echar de cabeza a nadie para abandonar la cárcel, pero lo dicho: sólo estando en los zapatos de Robles se podría entender su accionar.

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